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Andrea y los viajes en avión

Filed in Andrea | Posted by Andrea on octubre 31, 2018

Andrea y los viajes en avión

Andrea y los viajes en avión

Había estado unos días trabajando fuera. Tedioso y aburrido. Ahora estaba volviendo a casa, y notaba cierta tensión que, tal vez, fuera bueno calmar.

El aeropuerto es un lugar frío, la funcionalidad y la seguridad son sus principales parámetros. Llegar con un par de horas de adelanto hace que el hecho de viajar en avión haya perdido gran parte del placer que todos nos imaginamos.

Llego con su pequeña maleta y su bolso, hizo el cheking y facturó el equipaje. A continuación paso el control de seguridad donde, por una vez, no le hicieron quitarse hasta los aros del sostén. Tampoco esta vez viajaba con las esposas en el bolso, así que por ese lado no tuvo ningún problema.

Una vez en la zona de embarque se puso a pasear por las tiendas del duty-free, lo único que puedes hacer para pasar el rato. Había una perfumería que tenía cierto interés…

Bueno, la perfumería no tenía ni más ni menos interés que cualquier otra perfumería en cualquier otro aeropuerto del mundo. El único que tenía algo de interés era el dependiente de la misma. Como exigía su puesto, iba perfectamente uniformado, afeitado, peinado, con una sonrisa radiante recibiendo al público.

Así que hacía allí se fue Andrea , internándose por entre los estantes repletos de caros cosméticos y perfumes. Tomaba una muestra aquí, otra allá, olía los cartoncitos y ponía cara de no encontrar lo que deseaba. Se llego hasta el mostrador de los pintalabios y eligió el rojo más subido de tono que encontró, pintándose sin recato.

Al volverse se encontró, tras ella, con el dependiente. -Desea que le ayude- dijo con su sonrisa que parecía emitir chispas. – Sin duda- replicó Andrea – quería probar un perfume que se llama “Aire Loco”- continuó.

– Acompáñeme y se lo muestro- contestó el pedazo de hombre que la atendía. Así que ella le acompañó sin rechistar hasta el rincón más apartado de la tienda, donde se amontonaban perfumes de infinitas marcas y casas perfumeras.

-Este es- le dijo – cincuenta euros es su precio- remachó.

Andrea pidió probarlo, con lo que el encargado sacó un cartoncito del bolsillo con intención de rociarlo y entregárselo. -Pero en el cartón no, en la piel. Ya sabe que en cada piel el perfume huele diferente- le dijo ella con la más encantadora de sus sonrisas.

El maromo tomó su mano con intención de ponerle unas gotitas en ella, para que pudiera apreciar la calidad del producto. -Ahí no, que no se nota bien, mejor tras la oreja- empezó a declarar Andrea sus intenciones.

El chico siguió su juego sin dudar y pulsó el espray tras la oreja de Andrea, que recibió aquel chorrito con un escalofrío. -¿Me sienta bien?- preguntó al sonriente joven.

El dependiente se inclinó tras su cuello y aspiró con ansia el olor de Andrea. Esto hizo que ella empezara a pensar en que hacía algo allí mismo con este chico o la tensión la iba a hacer enfermar.

Extendió su mano hacía la entrepierna del perfecto corte de pantalón que él portaba, y la dejó deslizar suavemente por ella. El hombre, sin duda, estaba “sufriendo” una tremenda erección.

La situación no podía ser más inadecuada: un hombre magnífico, amable, elegante, aspirando el olor de su cuello, pegado a su espalda y ella con su mano en la entrepierna de él, entre dos mostradores de un comercio abierto en la zona franca de un aeropuerto. Sin duda un argumento magnífico para un comic, pero de difícil solución en el mundo real.

El la empujó suavemente hacía la pared que, ¡oh milagro!, ocultaba una puerta hacía un pequeño almacén, repleto de cajas de mercancía preparadas para ser expuestas.

Alcanzaron la pared del fondo. Ella abrió la cremallera de su bragueta e introdujo, sin ningún recato, su mano allí. El, mientras tanto, le había quitado la chaqueta, casi le había arrancado la blusa y le estaba metiendo mano bajo la falda.

El carmín rojo de la muestra de antes estaba ya totalmente pegado en los labios de él. La agarró de las piernas, la subió en alto y, apoyándola en la pared la empotró allí mismo.

La batalla fue corta e intensa. Acabaron los dos cayendo hasta el suelo sin un ápice de tensión en sus músculos. Ella con la falda subida y las bragas rotas, él con la camisa y la corbata descolocada y el miembro, ahora flácido, saliendo por la bragueta del pantalón, como único testigo de este arrebato de lujuria aeroportuaria.

-Entonces, se queda la colonia- dijo él casi balbuceando.

– La verdad es que no, está más barata en el avión- contestó ella, mientras se colocaba la falda y se arreglaba la blusa. Tras ello salió sonriente del almacén y se dirigió hacía su puerta de embarque sin ningún remordimiento y sin conocer, siquiera, el nombre de su partenaire.

Él se quedo pensando – lo que tengo que hacer para poder vender, y lo poco que me lo agradecen-.

Moraleja: Si naciste para martillo, del cielo te caen los clavos.

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