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Andrea y el comendador

Filed in Andrea | Posted by Andrea on diciembre 23, 2017

Andrea y el comendador

Andrea vive en una pequeña localidad cercana a una gran capital. Allí todo el mundo se conoce, más o menos.

Ocurrió que un día, tras ir al ayuntamiento a realizar alguna gestión relacionada con su domicilio, recibió una llamada del alcalde.

– Hola, soy el alcalde. Quería saber si el trato que has recibido en nuestras oficinas ha sido el adecuado- dijo la viril voz al teléfono. Andrea contestó que sí, pero quedo francamente fascinada con un alcalde que llamaba a sus conciudadanos para preocuparse por tan poca cosa.

– Otra cosa- dijo la voz- te he estado observando y me gustaría tomar un café contigo- remató la jugada.

Andrea dijo que sí, claro, más por la sorpresa que por interés ¿qué quería el regidor?

De resultas de todo esto Andrea quedo con el alcalde en una céntrica cafetería local, donde conoció al hombre, de mediana edad y no mal parecido. Hablaron de cosas insustanciales y en la conversación salió a relucir el pasado de Andrea como bailarina en los EE.UU., cosa que sorprendió al alcalde. Ahí acabó la cosa.

Poco tiempo después Andrea recibió, telefónicamente, una invitación para acompañar al alcalde a la cercana capital “para conocerse mejor” le dijo “y para ofrecerte un trabajo” continuo. Andrea, tan inocente ella, accedió sin más.

Así que en aquel local céntrico de la capital el alcalde, tras una larga e intrascendente conversación, le propuso a Andrea que le diera clases particulares de conversación en inglés, ya que ella tenía experiencia en esta lengua. Andrea accedió, claro.

Y aquí empezó el lío. El alcalde acudió a su domicilio a, en teoría, charlar durante una hora en aquel idioma, pero rápidamente le robó un beso a Andrea, que se quedó un poco parada.

-¿Qué haces?- le dijo entre sorprendida y asustada.

– Andrea, yo no quiero aprender inglés- le dijo el alcalde. – Yo, lo que quiero de verdad es meterme en tu cama contigo- continúo ya lanzado el regidor.

A Andrea le dio un ataque de risa. Ni el alcalde era su tipo, ni el poder que ostentaba daba para mucha erótica. Pero no dijo que no de forma rápida, quería saber por dónde iban aquellos tiros.

-¿Tú no estás casado?- le lanzó ella.

– Sí, pero mi mujer no me entiende- contestó el político que, desde luego, no era un dechado de imaginación.

– Ah, es eso- siguió la frase Andrea. -Me parece interesante conocernos mejor, pero tal vez deberías saber lo que es una “sugar baby”- le explicó nuestra heroína.

El alcalde se quedó un poco descompuesto ¿qué le había dicho aquella señorita que no se rendía de forma inmediata a su sex-appel y su poder omnímodo municipal? Pero no se arrendó, la fuerza de la atracción de aquella muñeca humana podía con todo.

– ¿Qué debo hacer para que me quieras?- le pidió el alcalde.

– Fácil – replicó Andrea, – si algo quieres algo te va a costar- le aclaró. Para reforzar su argumento, le planto un beso con lengua con el que el alcalde se quedó sin respiración por varios motivos.

– ¡Pide lo que sea, si está en mi mano!- aquel hombre estaba desaforado.

– Bueno, de entrada mi casa no es tu picadero. Si quieres que lo sea tendrás que comprarla- desde luego Andrea jugaba fuerte.

– Uf – replicó él – eso es una barbaridad- le dijo.

– Lo entiendo- contestó Andrea – pero si quieres tenerme tendrás que conquistarme, llevarme lejos de aquí y compensarme de alguna manera- le sacudió en la siguiente andanada.

Aquí el alcalde puso de manifiesto su compromiso con la austeridad que un servidor público como él debe mantener en todo momento, y le dijo a Andrea que él no era persona de mucho gasto y otra serie de razones que usaba para disimular su tacañería innata y sus ganas de aprovecharse de una chica guapa.

Allí dejaron la conversación, con el alcalde fuera de sí y con problemas al andar, y Andrea francamente divertida.

El alcalde insistió en días sucesivos con sus proposiciones, siempre dirigidas a ir a casa de Andrea puesto que, según sus palabras, no podía ir a hoteles donde era bien conocido (Andrea se preguntó por qué conocían tan bien al alcalde en los hoteles, pero esa es otra historia). Así que Andrea decidió darle una lección a aquel tipo.

Para ello equipó su casa con un par de pequeñas cámaras de grabación, una frente a su sofá y otra en su habitación, y tras esto cedió aparentemente a las insinuaciones del político, que acudió allí puntualmente a la hora acordada.

Andrea llevo al hombre a su sofá, le invitó a café y procuró estar, en todo momento, fuera del campo de acción de la cámara, conversando con él en un modo cada vez más picante.

El alcalde se envalentonó y comentó lo que iba a hacerle a Andrea ya sin ningún reparo ni pudor. Ella sólo sonreía.

En un momento dado él le dijo que fueran a la cama. Andrea le indicó el camino y le dijo que la esperara allí, pues tenía que ir un momentito al servicio.

El alcalde entró en la habitación como toro en cacharrería. Se despojó del traje, de la camisa, de los calzones (pero no de los calcetines, una cosa curiosa y que hacía de él un tipo ridículo) y se tumbó de lado en la cama, como la maja de Goya, en una pose que quería ser erótica pero no pasaba de cómica.

Andrea, mientras tanto, estaba en el servicio muerta de risa. A través del móvil pudo ir viendo los planos que sus cámaras espía estaban tomando, y escuchaba las invitaciones al fornicio que lanzaba el alcalde con ánimo de estimularla, suponía, sin ningún pudor ya.

Cuando consideró que había transcurrido suficiente tiempo, Andrea se presentó ligeramente ojerosa ante él (el maquillaje hace milagros), y totalmente vestida, claro. Desde fuera del campo visual de la cámara le dijo – Perdona cariño, pero me acaba de bajar la regla y estoy absolutamente dolorida, creo que deberías dejarme sola con mi dolor-.

La cara que se le quedó al individuo fue antológica. Se vistió de forma descoordinada y con los ojos saliendo de sus órbitas inició una retirada estratégica. Desde luego, tenía problemas para poder andar en su situación.

La primera parte de la broma estaba ya hecha. Andrea pasó ahora a la segunda, mucho más cruel.

Tomo las grabaciones en bruto de las cámaras espía y las editó con un pequeño programa. Dejó sólo aquellas en las que aparecía el político diciendo cada vez más barbaridades de tono sexual y, desde luego, las de su desnudo en la cama. Tuvo cuidado de no incluir aquellas donde ella pudiera verse o reconocerse de algún modo (antes de instalar las cámaras había modificado la decoración de su casa: era muy difícil de reconocer en el vídeo).

El siguiente paso fue divertido. Acudió a las oficinas municipales ha realizar alguna intrascendente consulta o gestión y “olvido” en un mostrador un pequeño pendrive con el título de “no visionar, privado”. Sólo quedó el esperar.

Los humanos somos así. Cuando alguien se encontrara con el pendrive lo primero que haría, seguro, es visionarlo puesto que tenía una advertencia de no visionar. Lo segundo, seguro también, es compartirlo con el resto de compañeros. Y estos con los suyos, con lo que antes del fin de la mañana aquel pequeño vídeo del alcalde en calcetines emulando a la maja de Goya estaba corriendo por todo el ayuntamiento. Y desde allí, y en muy poco tiempo, por toda la ciudad.

La cosa alcanzó tal magnitud que en las siguientes jornadas, además de que el vídeo fue emitido por la cadena de televisión afín al partido de la oposición, el alcalde presentó su dimisión por problemas de salud. A aquello le siguió una demanda de divorcio por incompatibilidad de caracteres presentada por su mujer que, en una entrevista dejó escapar “le voy a quitar hasta los calcetines”, y suponemos, por el tono, que no se refería a ningún juego en pareja. El ya ex-regidor había decidido emigrar a otra ciudad donde no fuera conocido, y no sólo por los gerentes de los hoteles.

La venganza de Andrea fue, desde luego, estratosférica. Pero el abuso de aquel hombre se lo merecía, y sólo Andrea era capaz de liberar a las jóvenes de su localidad de un depredador como aquel.

Moraleja: Si eres un crápula, al menos sé inteligente y generoso.

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