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Andrea en Ibiza

Andrea en Ibiza

 

Andrea está enamorada. Bueno, lo que Andrea considera enamorada. El caso es que hace unos meses conoció a la manera bíblica a un abogado murciano y ambos quedaron tan encantados que continuaron hablando a través de mensajería instantánea. Allí cada uno contó al otro lo que quería que conocieran de él, fuera cierto o no, pues nadie es tan feo como en su documentación ni tan interesante como aparece en sus redes sociales.

El caso es que así supo, o supuso que supo, que Aarón (que es el nombre del abogado) es una persona influyente en su grupo social, que está casado (esto podría ser un problema), que tiene un trío de hijos y que su matrimonio está destruido y solo se mantiene por aparentar. Lleva años durmiendo sólo en el sofá. De su único encuentro no virtual sabe que tiene un físico aparente y que lo hace muy bien.

Así que Andrea está muy ilusionada: este fin de semana se va a Ibiza para acompañar a Aarón a la inauguración de un negocio local que promete ser muy interesante.

La cosa empieza rara cuando Aarón le indica que se tiene que pagar el viaje ella, este gesto no parece muy caballeroso. Pero le aclara que, ahora mismo, sus negocios atraviesan un bache y que no puede disponer de mucho dinero.

Continúa empeorando al recogerla en el aeropuerto de la isla: acompañan a Aarón una pareja formada por un constructor local y una señorita de compañía. Esto no se parece mucho un fin de semana romántico a la orilla del Mediterráneo.

Dejan las cosas en el hotel y cuando Andrea piensa que, disponiendo de unos minutos libres, van a celebrar su reencuentro a su manera (y está bien dispuesta a ello, incluso ha elegido una lencería bien especial para este momento) Aarón insiste en salir a recoger a la otra pareja y dar una vuelta por la ciudad.

Serán los nervios, piensa ella. Acuden a varios locales de moda en los que Andrea se da cuenta de un par de detalles: el nivel de gasto que muestran no parece estar muy de acuerdo con los problemas económicos que le ha sugerido Aarón; también que tanto él como el amigo constructor las tratan como objetos de adorno que les acompañan, pero con muy poco respeto a ellas como personas.

La noche en el hotel se desarrolla entre dudas y encuentros sexuales bien fríos. Tiene la impresión de ser tratada un poco como una prostituta y él parece un cliente exigente pero poco comunicativo.

Por la mañana la cosa estalla. Aarón le explica que la ha invitado como partenaire sexual, que no busca en ella nada más. El estrés por su trabajo, los problemas con su familia, las excusas típicas de un vividor. La desilusión y el enfado de Andrea han alcanzado la cima de lo posible.

A partir de ahí Andrea decide que no va a sufrir por un hombre, habiendo tantos de buen ver y disponibles en la isla.

Así que, cuando acuden a la fiesta de inauguración del local de moda, que era el objeto primero de aquel viaje, Andrea se trasiega un par de copas de champán (del caro, que le pasen a Aarón la cuenta) y salta a la pista de baile, un lugar donde se expresa a la perfección.

Allí sus movimientos insinuantes, su cuerpo escandaloso y, todo hay que explicarlo, su falta de ropa interior, hacen que rápidamente se le arrimen e insinúen todo tipo de parejas de baile.

Lo de los movimientos insinuantes no tiene que disfrazarlo mucho: porta en su interior un par de bolas chinas que ha comprado en el negocio paralelo de su amigo zapatero. Así que con cada sacudida rítmica de la música ella recibe otra sacudida interna en el interior de su pubis, lo que la tiene bastante excitada sin necesidad de ayuda exterior.

Bueno, ayuda la que le proporciona el champán. El espumoso de calidad le provoca un extraño efecto: le da ganas de tirarse a toda la concurrencia de buen ver, tanto da si son hombres o mujeres.

Un chico de muy buen ver se pone a danzar junto a ella. Se arrima, se separa, se miran. Cuando cree que ya está hecho y le susurra al oído ir a inaugurar los servicios, el chico la mira de arriba abajo y le explica que si es para empolvarse la nariz bien, pero que el prefiere escaparse con aquel moreno que les está mirando.

No pasa nada. Ahora Andrea baila y se arrima a una preciosa chica ataviada tan ligeramente como ella. Cuando le susurra la misma proposición que antes al muchacho, ella se descuelga con un “soy profesional, serían 400 €”

Desde luego no está saliendo nada como quería. Se acaba la fiesta y vuelve al hotel donde Aarón se dedica a buscar su placer sin pensar para nada en el de ella. Emocionalmente está resultado un desastre de fin de semana.

Pero todo acaba, afortunadamente. Vuelven al aeropuerto y cada uno coge el vuelo que le llevará a su destino, casi sin despedirse. En el avión Andrea piensa en cómo se ha equivocado al juzgar a este elemento que no merece de ella ni un pisotón de sus bellos zapatos. También que en cuanto aterrice hará una llamada.

La llamada se produjo al desembarcar en la T1 de Barajas. -”Carlos, pásate por casa en cuanto puedas”- espetó al micrófono de su terminal en cuanto el pobre Carlos cogió el teléfono. Carlos no es muy espabilado para otras cosas, pero cuando oye una orden de Andrea la cumple sin rechistar pues el premio suele ser suculento.

Y tanto que lo fue. A las ocho de la tarde llamaba al timbre de su casa, y le recibía una Andrea vestida… bueno, directamente no estaba vestida, si exceptuamos el plug que brillaba en su trasero.

Veinticuatro horas después Carlos logró salir de casa de Andrea con varios efectos secundarios: no era capaz de calcular muy bien cuantos habían sido, andaba con cierto malestar en la entrepierna y pensaba que Andrea era Venus en la tierra.

Andrea, mientras tanto, había olvidado el mal trago que en la isla había pasado y, pensó, mientras encuentro mi alma gemela siempre tengo a Carlos a mi disposición. Además, está ya muy bien entrenado.

Moraleja: No se le pueden dar margaritas a los cerdos.

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