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Silencio

Silencio

 

Arrancó el coche, ruido, la puerta del garaje, ruido, tráfico, ruido, autovía, camiones, ruido, aparcó, recinto cubierto, máquinas, ruido, taladro, sierras, ruido, volvió al coche, radio, sirenas de emergencia, ruido, calles, gritos, ruido, la puerta del garaje.

Sonido, tres chorritos en la fuente, pájaros, sonido, el viento en los árboles, maullidos, sonido, giró la llave en la puerta, colgante móvil de mambú, sonido, pasos descalzos en peldaños de madera, ropa cayendo al suelo, sonido, agua cayendo en la bañera.

Y por fin…silencio, calor en la piel al entrar en la bañera, luz ténue de velas, silencio, respiración profunda, paz, silencio.

Su cuerpo y su mente necesitaban parar, descansar. Vivía en una casa confortable donde la comodidad y, sobre todo, el silencio hacían que vivir allí fuera un lujo.

Con una edad indefinida por la apariencia joven que le daba la vitalidad y el optimismo con el que abordaba sus asuntos y con un cuerpo escultural que tenía en vilo a todos los varones que le rodeaban (incluso alguna mujer de tendencias dudosas), hoy se sentía especialmente atractiva y cuando eso sucedía las hormonas se le revolucionaban y producían un curioso efecto a la altura de su ombligo. Comenzó a sentir un cosquilleo que creció y comenzó a bajar hacia zonas de su anatomía mucho más interesantes.
Estaba sumergida en la bañera, rodeada de espuma, dejando salir a la superficie únicamente las rodillas y la cabeza; bien es cierto que la prominencia de sus pechos hacía que aparecíeran de vez en cuando entre la blanca espuma.
El cosquilleo empezó a subir de intensidad y el recuerdo del último encuentro con uno de sus amantes desencadenó el deseo de hacer algo para relajar aquella tensión.
Cojió el flexo que estaba enrollado en el grifo de la bañera, desenroscó y retiró la alcachofa y abrió el caudal de agua; reguló la temperatura de forma que no estuviera ni fría ni demasiado caliente; reguló tambien la presión, muy importante que estuviera en el punto justo, ni muy floja, ni muy fuerte.
Se recostó apoyando la nuca en el canto de la bañera sobre una toalla doblada que le daba la comodidad que necesitaba y lentamente empezó a pasar el chorro de agua por su cuerpo. Comenzó por el centro del pecho, el recorrido lo tenía perfectamente planificado, pues nadie como ella sabía como reaccionaba su piel a los estímulos. Pasó por encima de sus pezones, primero uno, despacio, dibujando un ocho entre sus pechos, pasó al otro. Bajó por el centro de su abdomen hasta el ombligo, siguió bajando por el monte de Venus; la presión hundía ligeramente la piel por donde pasaba.
Se desvió hacia su ingle derecha, evitando intencionadamente zonas más sensibles para aumentar el deseo. Pasó por debajo, rozando apenas el orificio que hoy no haría que formará parte del juego y pasó a la otra ingle, cerrando el círculo en el monte de Venus de nuevo. Despacio, muy despacio, comenzó de nuevo cerrando un poco el círculo y dibujando una espiral que ahora pasaría por encima de los labios. Todo su sexo estaba ya completamente hinchado. Abrió con la otra mano sus labios y ya el círculo lo dibujaba en un espacio muy reducido. Ya no respiraba, jadeaba.
Esa presión del agua le ponía a cien, era un estímulo irresistible que ella manejaba con precisión y ya no podía más.
LLegó al punto exacto donde el placer alcanza su máxima expresión y con suaves movimientos arriba y abajo, desencadenó una explosión de convulsiones casi eléctricas que salieron de dentro de su sexo, rodeando su cadera en una onda expansiva que le hizo arquear la espalda y encoger las piernas; agarrándose al canto de la bañera, rompió el silencio que reinaba hasta entonces con el sonido mágico que emite una mujer poseída por la placentera y, casi animal certeza de ser en ese momento el centro del universo y la dueña absoluta de su cuerpo.
Siguió disfrutando, las contracciones de su sexo le repetían una y otra vez, como las ondas al tirar una piedra en el agua, que el placer no acababa, sólo bajaría de intensidad y sólo porque ella así lo había decidido, porque sabía perfectamente que podría repetir la jugada, al menos tres o cuatro veces más pero hoy le bastaba, no iba a jugar más.
Volvió a relajar su espalda, a apoyar su nuca en la toalla, enroscó de nuevo la alcachofa en su sitio y respiró profundamente varias veces.

 

Y siguió disfrutando del silencio.

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